miércoles, 6 de mayo de 2015

FILOSOFIA MOOC 17



El ideal del cosmopolitismo en el mundo antiguo

Hasta donde yo sé, la palabra cosmopolita era uno de los insultos más terribles que se podía dirigir a una persona en la Grecia antigua. Decir de alguien que era un cosmopolita era acusarlo de ser un hombre sin patria, sin origen, sin familia… El término estaba plagado de sentido negativo y nadie recibía ese apelativo sin sentirse insultado y triste. Que un griego no pudiera sentirse identificado con la polis donde nació o donde se crió era como arrancar de raíz un árbol, condenarlo a morir. El cosmopolita, el ciudadano cuya polis es el mundo, era, por lo tanto, un canto rodado, un individuo condenado a vagar por la tierra sin esperanzas de arraigar en ninguna parte.
           
Los primeros en promover el ideal del cosmopolitismo como algo positivo fueron, hasta donde llega mi conocimiento, los estoicos. En su afán por hacer del ser humano un individuo hijo del mundo encontraron el concepto apto para sus intereses.
           
Marco Aurelio, el emperador filósofo, un auténtico campeón de la humanitas en su tiempo, escribió en su obra Coloquios: “Mi ciudad y mi patria es Roma, en tanto que soy de la familia Antonina. En tanto que hombre, mi patria es el universo”. He aquí la primera expresión que conozco que hace uso del concepto de cosmopolita no como algo vergonzoso, no como una mácula, sino como un desiderátum, un horizonte, algo que vale la pena tratar de alcanzar.
           
Esto lo dijo Marco Aurelio, un hombre que pugnó por fomentar la igualdad de todos los seres humanos. Un hombre que sabía bien que, como vencedor de los sármatas, como líder victorioso, era también un asesino, pues si la igualdad de los hombres se verifica, el que sale triunfante de una batalla es un matador de hombres.

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Pensamiento crítico

La sociedad contemporánea está repleta de mensajes y de discursos que se emiten. Desde la publicidad cotidiana presente en la mayor parte de las parcelas de nuestras vidas hasta la propaganda proveniente de algunos sectores políticos, pasando por los discursos que se dan en un aula o en las conversaciones con los amigos. Los razonamientos están presentes en nuestra vida cotidiana y, quizá hoy más que nunca, se torna imprescindible analizar con detalle y con cuidado el contenido de los mismos para evitar caer en el error o el engaño. Existe toda una multitud de diversos tipos de falacias discursivas, razonamientos engañosos, falsos, que están presentes en los discursos que nos rodean. Entre los más conspicuos, los más destacados y, a la par, los más fáciles de detectar son:

- Efecto dominó.
Este concepto supone que al caer una de las piezas del dominó golpea a la que está inmediatamente delante de él y la hace caer iniciando una reacción en cadena que no termina sino con la caída de la última pieza. Lo que viene a sugerir el efecto dominó es que si ocurre un hecho particular que es indeseable este evento desencadenará una secuencia de eventos similares. El efecto dominó también puede ser conocido como “pendiente resbaladiza”, aunque ambos conceptos son ligeramente diferentes. La pendiente resbaladiza es un argumento también de fácil explicación: si permitimos que A ocurra (siendo A generalmente un hecho prácticamente inocuo al que normalmente no nos opondríamos o sólo presentaríamos una ligera oposición), entonces ello nos conducirá, inevitablemente, hasta Z (un hecho horrible e indeseable). Una de las características fundamentales de la pendiente resbaladiza es que se obvian los pasos que van de B a Y. Suele ocurrir, además, que esta ausencia, notable por lo demás, es muy importante. También suele faltar una justificación real sobre por qué es inevitable el camino que va desde A hasta Z. Este es un viejo truco retórico cuyo objetivo fundamental es el de poner toda la atención en lo horrible que es Z, pensando que así se pasará por alto los posible méritos que pueda reportar A. Veamos algunos ejemplos de pendiente resbaladiza. 
(1er ejemplo) A- Si legalizamos las  drogas blandas, tales como el cannabis o el hachís, ello llevará a que
Z- se anime la experimentación con drogas más duras y terribles y antes de que nos demos cuenta las calles de medio mundo estarán repletas de adictos a las drogas.
(2º ejemplo) A- Si permitimos la eutanasia para que enfermos terminales puedan elegir el momento de su muerte ello nos conducirá ineluctiblemente a
Z- que los ancianos, en una atmósfera de culpabilidad, acepten el irse calladamente de esta vida reduciendo la carga de los cuidados y el coste que suponen.

-La cuña.
Una pequeña grieta en una roca sólida puede ser ensanchada progresivamente introduciendo en ella una cuña. Del mismo modo, con esta imagen, podemos entender este tipo de razonamiento envenenado, la figura más clara es la de la parte delgada de la cuña que permite, con el tiempo, introducir la parte gruesa ensanchando la grieta que, inicialmente, era mínima. Lo que viene a sugerir este concepto es que un cambio pequeño en, por ejemplo, una ley o una norma, puede ser el inicio o la excusa para una reforma completa y un cambio radical. Muchas de las políticas que se practican hoy en día, en los parlamentos de las democracias occidentales, se llevan a cabo mediante este efecto, el de introducir pequeñas reformas iniciales que, con el tiempo, permiten grandes cambios que, si hubieran sido previstos por la opinión pública, habrían sido vistos con gran oposición. Ejemplo:
Ante el aumento de la expectativa media de vida y la necesidad de afrontar el pago de las pensiones de una población cada vez más avejentada, inicialmente se retrasa la edad de jubilación hasta los 67 años. Con el paso del tiempo, esa edad de jubilación irá cada vez retrasándose más y, quizá, se reducirá también la cantidad de las pensiones.

-Dibujar la línea.
Este problema surge cuando es necesario establecer un límite para algo, la línea resultante es un ejemplo claro de la arbitrariedad de la misma. Es difícil saber con precisión dónde conviene dibujar la línea que supone el límite de algo. La complicación fundamental radica en la búsqueda de cierto conocimiento en los casos en que tal conocimiento no es posible, surge de la expectativa de un grado de precisión que es inapropiado para el contexto. Por ejemplo, podemos estar todos más o menos de acuerdo en que sería erróneo permitir a muchos millones de inmigrantes establecerse en el país cada año y, sin embargo, es correcto permitir a algunos de ellos hacerlo. ¿Dónde establecemos el límite? ¿Por dónde trazamos la línea? El hecho de que hay, inevitablemente, cierto grado de imprecisión alrededor de esta decisión que hay que tomar o sobre el contexto en el que se establece no significa que no pueda o no deba llevarse a cabo. Uno de los ejemplos clave que permiten valorar en su adecuada medida la importancia de este tipo de razonamientos es el problema del aborto. Podemos estar de acuerdo en que un embrión recién formado es bastante distinto de un niño ya nacido, sin embargo es importante establecer cuándo se produce el cambio de uno a otro para poder  determinar hasta cuándo el aborto es legítimo y cuándo no. Este caso es concretamente complejo porque la evolución del embrión es un proceso gradual y señalar la línea de cuándo va a considerarse con derechos el embrión y cuándo no es una muestra de la necesidad de cierta arbitrariedad en esta decisión.
Otro de los conceptos hermanados con el de dibujar la línea es el sorites. Este concepto, creado por Eubúlides de Mileto, pero trabajado con mayor detenimiento por Cicerón, debe su nombre al término griego soros, que significa puñado, montón, e inicialmente se elaboró sobre la formulación de cuántos granos de arena tiene un puñado de arena. Expresado en forma de adición de granos de arena, el argumento es más o menos así:
- 1 grano de arena no hace un puñado.
- Si 1 grano de arena no hace un puñado, entonces 2 granos de arena tampoco.
- Si 2 granos de arena no hacen un puñado, entonces 3 granos tampoco.
- (…).
- Si 9.999 granos de arena no hacen un puñado, entonces 10.000 granos tampoco.
- Entonces, 10.000 granos de arena no son un puñado.
Imagino que todos nos habríamos plantado antes de llevar este argumento a su última expresión, que no es otra que una regresión o más bien progresión hasta el infinito. Entonces, ¿dónde está el problema? ¿Dónde podemos establecer la línea?
Podemos tratar de volver sobre nuestros pasos para ver dónde hemos podido equivocarnos, ya que la conclusión que hemos alcanzado con el sorites es que no hay nunca puñados de arena en mis manos. Algo debe estar mal con las premisas del silogismo. De hecho, a pesar de lo viejo que es este problema, todavía no hay un consenso claro sobre cómo tratar de resolver esta paradoja (algo similar a lo que les ocurre a las aporías de Zenón de Elea) y eso que se han intentado distintas aproximaciones.
Una de las salidas propuestas para esta paradoja es insistir en que, alcanzado cierto punto, se habrá logrado una diferencia y tendremos un puñado; otra propuesta es que hay un número preciso de  granos de arena que marcan la frontera entre un puñado y un no-puñado. Si tal límite existe realmente, no podemos saber con precisión dónde está. Cualquier intento de establecer una línea parecerá arbitrario. No basta con decir que 500 granos de arena son un puñado, ¿qué pasa entonces con 499?
Este tipo de razonamientos vienen a confirmar la tensión existente entre los términos imprecisos que se emplean en el lenguaje natural y la lógica clásica, es que este es ambivalente (lo que significa que cada proposición puede ser o verdadera o falsa). Así, en el lenguaje natural quizá habría que introducir ciertos grados de verdad, de modo que no todo sería o verdadero o falso, sino que toda una panoplia de posibilidades surgirían entre ambos extremos. De ahí la oportunidad de la vieja sentencia de A. N. Whitehead: “No hay verdades completas; todas las verdades son medias verdades”.
Todos estos razonamientos envenenados, estas falacias más o menos burdas, son explicadas aquí con un motivo muy simple: El de advertir contra la presencia de este tipo de engaños en los discursos que nos rodean, los que van de la publicidad a la política. Quizá, para terminar este bloque, sea lo mejor mencionar el cuentecito de la rana hervida que sirve para precavernos contra los peligros de algunos cambios sociales y políticos indeseables. La idea del cuentecito es bien sencilla, si lo que queremos es hervir una rana, nos esforzaremos en vano si la dejamos caer directamente sobre una olla con agua hirviendo, porque dará un salto con sus potentes ancas traseras y se escapará. Sin embargo, si ponemos la rana en agua fría y gradualmente vamos aumentando la temperatura del agua hasta que hierva, la historia cambia, pues quizá la rana no se dé cuenta a tiempo del cambio o nos dé tiempo a poner la  tapadera de la olla. Así, la erosión gradual de los derechos y libertades de los que disfrutamos como ciudadanos puede, de la misma manera que le ocurrió a la rana, producirse paulatinamente sin la adecuada respuesta social, que, en cambio, sí aparecería si esta pérdida de derechos y libertades ocurriera súbitamente y de un sólo golpe. El problema es que, quizá, algunos líderes políticos tratarán de emular el plan de introducir primero la rana en el agua fría.

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